Bomberos y turistas: un amor imposible

Texto: Oriol Masferrer

 

Los bomberos no siempre apagan fuegos, a veces los encienden para evitar arder en uno algún día. Son las 11:09 del 20 de diciembre de 2018 y faltan 11 minutos para que empiece otra manifestación, de las muchas que llevan a los funcionarios públicos a apropiarse de las calles de Barcelona estos días. Irá desde la Plaza Urquinaona hasta las puertas del Parlament. Joan Carles Cerdán, responsable de Catac Bombers Catalunya, proclama que la humareda llegará incluso a la periferia.  Habla deprisa porque está a punto de empezar y por la falta de 1.000 efectivos, las 500.000 horas extras y el material obsoleto, con una media de más de 15 años de antigüedad.

Una profesión como la suya puede ser motivo para aumentar los nervios a un monje tibetano. Como Joan Carles Cerdán reconoce, “no entramos a los sitios a pasear, nos jugamos la vida”. Los sindicatos no quieren tener la responsabilidad de que “caiga un muerto sobre la mesa”, recrimina Cerdán con el tono de voz del padre que quiere lo mejor para sus hijos. Mientras, se viste despacio con el uniforme habitual de servicio para reunirse con el resto de su compañeros en el centro de la plaza. A un ritmo constante comienzan a irrumpir en la plaza, entre bocinazos, sirenas, petardos y gritos, una muchedumbre de bomberos.

Es una reivindicación pacífica, pero el tránsito pronto se ve interrumpido. Los cláxones con la furia del oficinista, que no puede contemplar no llegar al trabajo, estallan acompañado por autobuses y taxis. A nadie parece importarle lo más mínimo lo que está sucediendo. Un par de peatones de origen extranjero, fácilmente reconocibles por su palidez -demasiado extrema incluso para ser invierno- se detienen para hacerse un “selfie” con el cuerpo de bomberos. A ellos tampoco parece importarles.

Un bombero escribe sobre un ataúd blanco con un aerosol que, en letras negras, marca  la madera con el epitafio “R.I.P bombers”. Más tarde, arderá frente al Parlament, porque aunque Cerdán afirma que “no vamos a matar a nadie, solo salvamos vidas”, la primera seguridad que tiene que garantizar es la suya. Poco a poco se van agolpando las miradas curiosas, como cuando un pequeño ruido en una biblioteca atrae miradas enfurecidas.

Los bomberos ya ocupan la plaza entera y los automóviles inmóviles no cesan con sus quejidos. Sin embargo, quien no podrá seguir con su rutina serán aquellas personas que aprovechan sus vacaciones para venir a Barcelona. Un autobús turístico se detiene, sus ocupantes bajan y desfilan por en medio de la congregación con sus maletas. Tienen el gesto reñido de quien recibe una llamada urgente de su jefe en vacaciones, pero la ciudad no se detiene ante nada.

 

 

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